La utilización de células madre ha dejado de ser un tema casi de ciencia ficción para pasar a formar parte de muchas de las terapias que ya se aplican habitualmente en distinto ámbitos: desde la diabetes o la artritis a las enfermedades pulmonares, pasando por los problemas de la piel y las cardiopatías. Y también se están teniendo en cuenta en las investigaciones destinadas a encontrar nuevos avances contra la alopecia.

Hay que distinguir dos tipos de células madre: las embrionarias, que se obtienen de embriones de mamíferos y tienen la capacidad de producir células para casi todos los tejidos del cuerpo; y las adultas, que se derivan de la mayoría de órganos y tejidos corporales, pero principalmente de la sangre, la médula ósea y el tejido adiposo (las zonas en las que se almacena la grasa). Son estas últimas, también llamadas mesenquimales, en las que se basan los últimos avances sobre la aplicación de células madre para el pelo.

Estas células madre adultas que se encuentran en el tejido adiposo tienen la ventaja de que son muy abundantes (se calcula que en un gramo de tejido adiposo hay unas 700.000 células madre) y además se obtienen a través de procedimientos más sencillos que los que se emplean para otro tipo de células (mediante lipoaspiración) y resultan más manejables. La medicina regenerativa, la cardiología, la traumatología o la cirugía plástica son algunos de los ámbitos en los que las terapias basadas en estas células se están aplicando con muy buenos resultados. Entre sus principales utilidades destacan la reparación de tejidos, la aceleración de la cicatrización o la reducción de arrugas.

Este tipo de células madre tiene la peculiaridad de que, una vez obtenidas y aisladas, si se activan y son aplicadas sobre tejidos dañados, pueden liberar factores de crecimiento que restablecen el correcto funcionamiento o reparan las lesiones. En el caso concreto del cuero cabelludo, se ha comprobado que la aplicación de estas células madre adultas procedentes del tejido adiposo “despiertan” o “reactivan” a las células madre presentes en la raíz de los folículos que han dejado de funcionar (y que, por tanto, no “producen” nuevo cabello), dando como resultado un aumento de la cantidad de pelo y una mejora de la calidad del mismo (mayor densidad, principalmente).

Los estudios realizados al respecto sugieren que este efecto es posible gracias a que la zona que rodea la raíz del folículo piloso es un tejido conectivo (esto es, que establece conexión con otros tejidos), lo que favorece la acción regenerativa de las células madre mesenquimales. Todo apunta a que el resultado de esta acción es una reducción de la fase telogénica (de caída) del ciclo del cabello y un aumento de la anagénica (la de crecimiento). Estas evidencias hacen que los tratamientos a base de estas células se perfilen como una excelente alternativa de futuro para recuperar el cabello perdido.

 

 

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